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La transmisión hereditaria de archivos digitales

10 jul. 2014
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Los romanos ya decían que el fallecimiento de una persona suponía la extinción de su personalidad jurídica y la apertura de su sucesión en todos sus bienes y derechos a favor de quien fuera su heredero. Es un hecho que el fenómeno sucesorio se ha ido complicando a medida que el patrimonio de la persona se ha ido diversificando y expandiendo. Para algunas situaciones especiales existe regulación sectorial, como para los derechos de arrendamiento, de propiedad intelectual o para los títulos nobiliarios. Para otras, como la sucesión en las relaciones jurídicas generadas utilizando medios exclusivamente digitales, no sólo existe escasa normativa concreta, sino que cada vez se plantean más dudas sobre cómo abordarla. 

 

¿Es una herencia distinta?

 

Es difícil hablar de la herencia digital como un conjunto de relaciones unitarias separada de la herencia no digital, ya que la forma digital de relacionarnos, tanto con las cosas como con las personas, no deja de ser un camino paralelo al analógico, que no lo sustituye sino que lo complementa. Lo digital forma tanto parte de nosotros como lo analógico: No se conciben las relaciones personales sin las redes sociales, ni tampoco el entretenimiento sin los formatos digitales. 

 

Si la realidad social no distingue, quienes aplicamos el derecho no podemos distinguir. Es un principio que se extrae del Código Civil, cuyo artículo 3 dice que las normas se interpretarán, entre otros criterios, según la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas. Por ello, entiendo que no deberíamos tratar de manera separada el fenómeno sucesorio digital, a modo de otro tipo de herencia o de sucesión especial, sino que debemos adaptar al esquema clásico sucesorio la realidad digital, y encontrar soluciones nuevas dentro de ese esquema para las situaciones que no se puedan encuadrar en ninguna de las categorías tradicionales.

 

Debemos partir de la idea genérica que el Código Civil consagra en el artículo 659, de que la herencia comprende todos los bienes, derechos y obligaciones de una persona que no se extinguen por su muerte, y adaptarla a la situación digital. Por ello, uno de los puntos principales es ver qué compone el denominado patrimonio digital de una persona, y después determinar qué circunstancias podrían ser modalizadas por la voluntad de su titular mediante testamento notarial.

 

El testamento notarial es la vía adecuada.

 

El testamento abierto notarial, pese al secreto de protocolo, puede comprometer la privacidad de datos personales, al ser accesible a todo heredero con derecho a copia, como acertadamente expone Javier Prenafeta en su recomendable artículo relativo al legado digital ante notario

 

La solución que expone es autorizar otra escritura pública en la que se consignen los datos de acceso a los servicios legados, directa o indirectamente. Añado que dicha escritura puede ser otro testamento compatible, en que específicamente se haga constar que no se revoca el anterior (el, por llamarlo de alguna manera, patrimonial). Además, si el documento no contiene disposiciones mortis causa y simplemente se limita a recoger las claves de acceso, también puede instrumentarse como acta de manifestaciones, de protocolización o incluso de depósito notarial.

 

El patrimonio digital de la persona

 

Los archivos digitales creados por el causante, sean del tipo que sean (fotografías, video, audio, documentos, etc.), estarían sujetas a transmisión siguiendo las reglas generales y las especiales que sean de aplicación conforme a la normativa de propiedad intelectual. Los archivos digitales que hayan sido adquiridos por el causante, son transmisibles por causa de muerte sin más limitaciones que las que se deriven del propio archivo o del servicio en que se hay adquirido, como establecer un número limitado de reproducciones, un periodo temporal de uso, la reproducción en un soporte físico determinado o en un ámbito espacial determinado. 

 

Cuestión colateral, pero importante, es que esos archivos adquiridos tienen un valor económico, un coste de adquisición, y, si se incluyen en la herencia, deberían tenerse en cuenta para la computación de la masa hereditaria, ser declarados y someterse a tributación conforme a las reglas generales. Piénsese en grandes bibliotecas musicales o colecciones de libros electrónicos compradas a lo largo de muchos años, que podrían tener, por su cuantía, la concepción tributaria de objeto no incluido en el ajuar familiar.

 

Por eso, del mismo modo que cabe el legado de una colección musical, una videoteca o un conjunto de álbumes de fotografías, sería perfectamente admisible el legado testamentario de una biblioteca musical, de una fototeca digital o de una colección de libros electrónicos. El problema que conecta con esto, es que al ser los archivos digitales esencialmente copiables y reproducibles ilimitadamente, cabe un legado múltiple, ya que la misma cosa puede ser legada a la vez a varias personas distintas, sin que se produzca una diferencia entre el original y la copia que sí ocurre cuando la fotografía, por ejemplo, está reproducida únicamente en formato físico. 

 

Por ello sería conveniente que el testador, a la hora de hacer el legado matizara si autoriza reproducciones o copias múltiples para que el heredero, que es quien debe entregar el legado salvo que el testador disponga otra cosa, conserve una copia o no de esos archivos. Dicho esto, debemos tener en cuenta que la reproducción múltiple puede estar limitada por derechos de autor o puede tener otras limitaciones en la adquisición que no permitan, aún siendo posible, su copia y distribución, conforme a la normativa propia de propiedad intelectual.

 

Hay que distinguir entre el continente y el contenido

 

El soporte en que estos archivos digitales están almacenados, cuando es un objeto físico (disco duro interno del ordenador, disco externo, dispositivo móvil, etc.) es objeto de propiedad ordinaria, lo cual será acreditado normalmente por la posesión pública y pacífica del causante. El soporte, no obstante, también puede ser un disco duro virtual, la nube, o los servidores de cualquier compañía que alberguen los archivos digitales de todo tipo. En este caso no cabe hablar de propiedad ordinaria, sino de un derecho de acceso previa identificación a dicho contenido derivado de una relación contractual con la empresa suministradora del servicio.

 

Cualquiera que sea el continente de los archivos (soporte), lo que no cabe duda es que el contenido (archivos digitales) es transmisible del modo que hemos visto, y además con independencia el uno del otro. Si el testador no dispone otra cosa en el testamento, los archivos siguen al soporte, pero no existiría impedimento en legar un ordenador portátil, por ejemplo, solicitando al heredero que vacíe éste de contenido y lo entregue a una persona determinada.

 

El heredero tendría derecho tanto al acceso al soporte físico como al acceso a los servicios de almacenamiento en la nube, utilizando la identificación personal del causante, al menos a los efectos de recuperar los archivos, hacer una copia local y borrar los que haya en el disco virtual. Ese acceso no podría impedirse por la empresa que preste el servicio, al no ser una relación personalísima la que se estableció con el causante. 

 

Nótese que me estoy refiriendo únicamente a los servicios de almacenamiento, no a los que prestan otros servicios como audio en streaming o tiendas de aplicaciones, que estarán sujetos a otro régimen, así como las redes sociales o el correo electrónico, que, por su extensión, deben ser tratadas de manera separada en otro post.

 

Este post ha sido inspirado por este interesante artículo de @AbogadoAmigo sobre la herencia digital.