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La transmisibilidad por causa de muerte en el mundo digital

17 jul. 2014
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La semana pasada traté en este post algunas de las cuestiones que se podían plantear con ocasión del fallecimiento de una persona y el patrimonio digital. Como comenté, la idea de la que se debe partir está en el artículo 659 del Código Civil, de que la herencia comprende todos los bienes, derechos y obligaciones de una persona que no se extinguen por su muerte

 

Para que formen parte de la masa hereditaria, los bienes, derechos y obligaciones deben ser transmisibles por causa de muerte, siendo indiferente que pertenezcan al mundo 1.0 que al 2.0. Por ello, hay que excluir los derechos vitalicios, las relaciones personalísimas y los derechos de la personalidad, a salvo de las acciones para obtener la reparación de daños materiales o morales causados al derecho al honor, intimidad o propia imagen, por ejemplo. En cualquiera de estos supuestos la voluntad del titular para configurar la sucesión mortis causa mediante testamento está limitada, como ocurre en el derecho sucesorio en general.

 

Lo que no parece transmisible por causa de muerte es todo aquel contrato o servicio en que la personalidad del causante se haya valorado para su constitución o mantenimiento, o en que la personalidad del causante se manifieste públicamente y sea identificable. Me estoy refiriendo fundamentalmente al correo electrónico o perfiles en redes sociales.

 

¿Qué pasa entonces con el correo electrónico?

 

El correo electrónico es un tema muy sensible. Por una parte puede haber datos en el correo electrónico del causante que sean necesarios para el ejercicio de derechos frente a terceros, así como documentos importantes y archivos digitales enviados o recibidos por el causante. Por otra parte, la protección de datos y el secreto de las comunicaciones impediría facilitar el acceso a esa información, pues se puede tener acceso a información de terceros que se reveló al causante pero no a sus herederos.

 

Por supuesto, si nadie comunica a la empresa prestadora del servicio de correo electrónico el fallecimiento del titular, y continúa accediendo con sus claves, lo hará bajo su responsabilidad. Por ejemplo, estaría vetado a los herederos, alegando su carácter de tal, y podría constituir incluso ilícito penal, es utilizar el correo electrónico del fallecido para el envío o solicitud de información haciéndose pasar por el causante.

 

Lo que además de ser permisible, e incluso recomendable, es que los herederos, haciendo constar su carácter de tal, comunicaran el fallecimiento de la persona, sus datos de contacto, y la decisión de dar de baja la cuenta de correo electrónico. Esto sería una función que podrían desempeñar los herederos pero que perfectamente podría encomendarse en testamento notarial a un albacea digital, una especie de community manager post mortem que estaría encargado de dar a las relaciones digitales del causante el final deseado por éste y manifestado en testamento. Como ya comenté, el término albacea digital lo leí por primera vez en este interesante artículo de @AbogadoAmigo sobre la herencia digital.

 

Por todo ello, sería conveniente que, si se quiere realizar por persona legitimada para ello alguna acción de acceso al correo electrónico, actúe lo más pronto posible, ya que muchos de los servicios de correo electrónico (al menos de los gratuitos) están autorizados a eliminar una cuenta de correo que ha estado inactiva durante un tiempo determinado o un periodo prolongado. Por tanto, la previsión testamentaria sobre este punto, aunque limitada en sus efectos, puede llegar a ser fundamental, siempre condicionada por las normas de protección de derechos de otras personas.

 

De hecho, servicios tan populares como Google Mail tienen políticas expresas en materia de acceso al correo electrónico de una persona fallecida. El acceso no se permite indiscriminadamente, sino que tras un análisis de la solicitud se podrá permitir el acceso a un representante autorizado de ese usuario que además haya recibido al menos un correo electrónico desde esa cuenta.

 

¿Y con los perfiles de las redes sociales?

 

De modo análogo a lo que ocurre con el correo electrónico, la relación que establece el usuario de una red social empieza por un contrato de adhesión y la descarga de la aplicación o el uso de la cuenta de la misma desde un navegador. Aunque los criterios para registrarse no sean estrictamente personales y dependan, normalmente, de un correo electrónico (que previamente se ha verificado para finalizar el proceso de registro) o de otro perfil en otra red social, lo cierto es que todo lo publicado o comentado, todo lo interactuado y todo lo informado por el sujeto a la comunidad de usuarios converge en la creación de una especie de personalidad digital. Y esa personalidad digital está ligada, directa o indirectamente a la persona física o jurídica que haya tras ella.

 

Desde ese momento, se independiza la relación con la red social (que es personal, pero quizás no personalísima) de la relación con los demás usuarios (que yo sí entiendo es personalísima). Por ejemplo, en Twitter, la relación, según los términos de uso que se aceptan al registrarse es "personal, mundial, gratuita y no transferible”.

 

Esto implica que los herederos o albaceas digitales de una persona tendrían derecho a iniciar sesión en la cuenta del fallecido para desactivarla o para proteger su contenido. Aquí el tratamiento debe ser diferente según el objeto principal de la red social. Por ejemplo, una cuenta cuyo objeto principal sean fotografías o vídeos subidos por el usuario (Instagram, Vine, Vimeo o Youtube, por ejemplo) podría considerarse una creación intelectual sujeta a protección especial, y las fotografías objetos separados de propiedad intelectual.

 

Lo que en ningún caso podrían los herederos es publicar material nuevo haciéndose pasar por el fallecido, y ello no sólo por cuestiones relativas a la suplantación de personalidad, sino también porque las relaciones con otros usuarios que interactúan en las redes sí pueden ser consideradas personalísimas. Esos otros usuarios confían en que quien publica es quien ha estado publicando hasta ese momento, por lo que, al igual que en correo electrónico, los herederos, haciendo constar su carácter de tal, podrían comunicaran el fallecimiento y la decisión de dar de baja el perfil.

 

Esta cuestiones ya se regulan en los términos de uso de algunas redes sociales. En Twitter, existen normas concretas sobre cómo informar de un usuario fallecido para desactivar la cuenta, estableciendo criterios que poco o nada tienen que ver con nuestra normativa sucesoria, pues se permite a una persona autorizada para actuar en representación del patrimonio del fallecido o a un familiar directo del fallecido, sin muchas más formalidades ni justificación suficiente de su carácter de heredero. No obstante, sí se especifica que no pueden proporcionar acceso a la cuenta a ninguna persona, independientemente de su relación con el fallecido. 

 

De modo similar, Facebook también tiene previsiones para el caso de fallecimiento. Concretamente ofrece la posibilidad de cerrar la cuenta completamente y eliminar el perfil, para lo cual basta con justificar, además del fallecimiento, que se es un miembro de la familia inmediata y tener acceso a algunos datos personales del fallecido, como la dirección de correo electrónico que utilizaba el causante para conectarse a la red social. La otra opción es mantener la cuenta como conmemorativa, para que los amigos y familiares puedan dejar mensajes tras el fallecimiento en la cuenta.

 

Por supuesto, en todo momento estamos tratando situaciones derivadas del fallecimiento de una persona física, puesto que si el perfil en la red social, el correo electrónico o los archivos digitales pertenecen a una persona jurídica, el régimen es el aplicable a las relaciones y comunicaciones de las mismas, que están independizadas de la persona física que esté cargada de ellas.