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Navidad jurídica solidaria.

26 dic. 2014
Belén solidario

Hay cosas en la vida que dan miedo. Perder a los seres queridos es la mayor de ellas. Ver cómo van desvaneciéndose teniéndolos cerca, pudiendo escucharlos, tocarlos y abrazarlos también da mucho miedo. Por eso tenemos, o al menos yo tengo, miedo al Alzheimer. Tengo miedo de no recordar los momentos vividos con mi familia, de olvidar esos preciosos minutos que no se repiten y que pasan, sin darnos cuenta.

 

Periódicamente, me repito una frase que leí una vez en un blog, que decía algo así: “A veces, juego a que he viajado en el tiempo hacia el pasado y estoy viviendo de nuevo mi vida. Los momentos con los amigos y con la familia de pronto se convierten en un regalo, en una oportunidad de estar con ellos una vez más antes de que se vayan de nuevo”. 

 

Yo, como Notario, además tengo la ocasión de tratar en muchas ocasiones con familias que se encuentran en esta situación de angustia e impotencia. Y cuando digo familias, me refiero tanto al propio afectado como al resto de parientes cercanos que observan con dolor cómo van perdiendo poco a poco a un ser querido. 

 

Tanto unos como otros, cuando acuden a la notaría, lo hacen con una motivación distinta a la que tienen cuando acuden a otro tipo de profesional. No buscan una cura, como cuando visitan a un médico, ni tratan de encontrar ayuda para afrontar la situación, como cuando acuden a un psicólogo.

 

Cuando un enfermo de Alzheimer nos visita en una fase temprana de la enfermedad para contarnos sus miedos y sus temores, sus pensamientos, todavía conexos la mayor parte del tiempo, tienden a ver qué documentos puede hacer para protegerse y para proteger a los que más quiere. Suele firmar un testamento, un poder preventivo o un nombramiento de tutor, de los que me ocuparé en otro post más adelante, ya que este no pretende ser un post jurídico.

 

Afortunadamente, en la mayor parte de los casos, la familia del enfermo le quiere, le apoya, le defiende y sufre con él, hasta en las más triviales decisiones. Los que tienen la inmensa suerte de tener cónyuge o hijos, y de llevarse bien con ellos, tienen asegurado su cuidado: su familia vela por ellos con todos los medios que tiene a su alcance, y eso se nota en su cariño, en su actitud y en las cosas que proponen cuando acuden al despacho. A pesar de ello, muchas veces los deseos de esas personas se topan con limitaciones legales que cuesta mucho explicar.

 

Pero no todo lo que rodea a estas situaciones es ternura y amor. Otras veces, la gente que rodea al enfermo es egoísta. Piensan en qué pasará con "su herencia", como si el patrimonio del enfermo estuviera antes al servicio de los hijos o sobrinos que al del cuidado de ellos, como si tras el duro trabajo de una vida tuviera que rendirse cuentas a personas que puede que no hayan reparado hasta unos meses antes en que tenían una persona cerca que estaba sola y enferma.

 

Entonces vienen las prisas para convencerlo de hacer donaciones, poderes o testamentos “antes de que se ponga peor”, poniendo al enfermo en una situación siempre desagradable: Si ya ha perdido parte importante de la capacidad, se le hace pasar el mal trago de que el notario tenga que decir que no puede firmar. Si no la ha perdido, se le pone en una difícil tesitura, pues mal si firma, y mal si no firma, como traté en este post.

 

Es duro de leer, pero es así. Por eso, he querido aprovechar este post para denunciar una situación de indefensión de muchos enfermos de Alzheimer, especialmente de los que desgraciadamente están solos o en una residencia, y que son los más vulnerables, pero sin excluir los que viven rodeados de personas egoístas y con nula empatía.

 

Recuerdo una señora que desgraciadamente había perdido a su cónyuge, y había comenzado a vivir con otra persona, cosa que los hijos nunca llegaron a aceptar. Esa persona entró un día a la notaría y me dijo que lo estaba pasando muy mal por su ambiente familiar. Me preguntó si podía hacer algo para que sus hijos no pudieran echar a su pareja de su casa cuando muriera, porque estaban juntos desde antes incluso de comenzar la enfermedad, y ahora con ésta se estaba portando muy bien y sabía que la iba a cuidar.

 

Esa primera visita, tranquila y a solas, no se volvió a repetir. A partir de entonces vino con su pareja, con algún hijo o con algún yerno o nuera, y siempre con algún recuerdo menos y con más dificultades para comunicarse. Luego dejó de venir. Venían los hijos o la pareja y siempre decían que habían hablado con ella y que habían delegado en ellos. Todos querían que hiciera testamento, pero siempre a su favor y dejando lo mínimo a los demás. Algunos, que les diera poderes, y si pudieran ser generales, mejor. Unas veces para sacar dinero del Banco, y otras para ver si apresuradamente podían ir vendiendo fincas. Incluso me dijeron que como yo sabía que no podía firmar, se irían a otra Notaría. Y me consta que lo hicieron.

 

Todos decían que sabían lo que mejor convenía a la afectada, y yo me preguntaba cada vez que uno de ellos venía si alguien pensaba realmente en esa persona. ¿Alguien de verdad pensaba en cuidarla o en las dificultades que iba a plantear el día a día, o solo velaban por sus supuestos derechos? ¿Alguien pensó alguna vez en acudir al Juez y que se nombrara un tutor?

 

Sólo volví a ver a esa persona en el despacho una vez. Quizás en un momento de espléndida lucidez, pero me contó su relación con su pareja y con sus hijos. Y ahí lo entendí todo. Entendí qué quería, qué no quería, y lo más importante, cómo lo quería. En ese momento le hubiera firmado lo que fuera, pues no la había visto nunca tan capaz como en ese instante. He pensado muchas veces sobre ello, y, aunque en este caso tengo una opinión más o menos coherente, tengo claro una cosa: Todos pensaban en ella, pero primero pensaban en sí mismos. Y eso es muy triste, pues el orden debía ser el inverso.

 

Por favor, si tenéis personas cerca con Alzheimer y os sentís identificados con este último relato, pensad en lo que acabo de escribir. Pensad en cómo os sentiréis cuando no estén, o cuando, aún estando, ya no estén. Queredlos más, abrazadlos más y aprovechad los ratos con ellos. Jugad a que estáis viajando en el tiempo, como os decía al principio, y abrid ese regalo. Todas las veces que podáis.

 

“Ayuda a los mayores, hubo una vez que fueron como tú. Échales una mano, si puedes. Ayúdales a vivir, dales esperanza y comodidad, porque no les queda mucho tiempo. Ayuda a los mayores, porque un día de estos tú también serás anciano”. Esto no es mío, es la parte de la letra de una canción que se llama “Help the aged” del grupo británico Pulp, que me viene siempre a la cabeza cuando veo personas mayores necesitadas de ayuda.

 

Este post intenta, en lo posible, ayudar a un proyecto solidario impulsado por la web marketingnize, en la que ya han colaborado compañeros y amigos. Se trata de una campaña de Navidad en la que sólo por acceder, se nos hace un regalo: un portal de belén recortable que os podéis descargar y montar vosotros mismos, con vuestros hijos, o con vuestro padres. Solo se pide una pequeña ayuda, una contribución a la asociación AFAO, para ayudar a estas personas.

 

Aprovecho además, para desearos feliz navidad y año nuevo a todos.